Reivindicando a los directores “currito”

Reivindicando a los directores “currito”

¡La que liaron los redactores de Cahiers du Cinema allá por los años 60 cuando reivindicaron que el creador de una película era su director! Aunque ahora nos parezca increíble, hasta ese momento eso no se veía así. El director de la película era como un gerente al que le encargas que salgan las cuentas, pero poco más. La película era del estudio y punto en boca. Lo que dudo mucho es que aquellos teóricos de cine que revolucionaron la manera con la que percibimos una película llegaran a intuir cómo hoy hemos radicalizado su pensamiento.

Fíjate en los últimos años de los premios Oscar. Si algo se ha caracterizado esta década es porque la carrera de director se ha independizado de la de película. Hasta hace nada, si una película era buena dábamos por hecho que era la mejor dirigida (seguramente porque  a la mayoría de nosotros no nos queda muy claro qué es lo que hace realmente un director). En la década de los 10, los cinco directores nominados han sido todos de firmita. Una dirección tan impresionante como la de Ha nacido una estrella, con unas decisiones  lucidísimas (como, por ejemplo, filmar el concierto desde el escenario, como uno más del equipo, y no desde el público, como un espectador más), fueron ninguneadas en los Oscar. Porque un director de verdad tiene estilo reconocible. Uno que al segundo plano ya sabes que esa película sólo la ha podido dirigir ese director, una personalidad cinematográfica apabullante y que necesita hacerse sentir en cada una de las decisiones que toma.

¿Y de donde viene esto? Pues como pasa casi siempre, hay una revolución francesa detrás. En este caso, la revista Cahiers du cinema.

Sus redactores no eran como yo, un friki al que le gusta el cine con más tiempo libre del que debería. No, en Cahiers du Cinema escribía la plana mayor de la Nouvelle Vague. Y, como buenos franceses, pensaban mucho. Pensaron hasta que el director no era un actor venido a menos que se encargaba de controlar a los otros actores, los que sí sabían actuar. Eso lo sabe pensar cualquiera y un Eric Rohmer no llegó donde llegó pensando lo mismo que todos. Estos intelectuales franceses añadieron un concepto nuevo: La responsabilidad del director es la puesta en escena. ¿Y qué es exactamente la puesta en escena? Pues exactamente no es nada, porque ni siquiera ellos fueron capaces de definirlo (franceses… ya sabes), pero más o menos el resto del mundo entendimos que consistía en la colocación de todos los elementos en el plano. Es decir: el director decidía qué, dónde, cuándo y cómo iba todo. Eso lo convertía en el equivalente a un arquitecto pero en cine. Como los seres humanos por lo general solo nos sabemos mirar el ombligo, la puesta en escena de una película tras otra terminaría teniendo cierta coherencia y puntos comunes.

¿Qué pasó? Que esto está muy bien, pero realmente no se aplica a todos los cineastas. Un Berlanga, un Almodóvar o un Álex de la Iglesia repiten una y otra vez los mismos elementos estilísticos, argumentales y narrativos. Sin embargo, un Amenábar, una Iciar Bollaín o un Santiago Segura no mantienen esa “fidelidad a sí mismos” en cada trabajo, o al menos no de una manera tan evidente. Tenemos entonces a dos grandes categorías de directores de cine: Aquellos que adaptan cualquier película a su estilo y digamos que solo conocen una manera de contar la historia. Estos son los llamados autores. Luego están aquellos que “crean” un estilo diferente cada vez adaptándose a determinada película. A estos los llamaron “artesanos”. Pues bien, estos últimos descendieron automáticamente a segunda división para Cahiers du Cinema. Sólo los autores merecían estar en el Olimpo del arte.

Estemos o no de acuerdo, hay que reconocer el impresionante trabajo intelectual que realizaron estos redactores. Nadie se había planteado jamás teorizar al respecto. El director no era más que el que le decía a los actores qué tenían que hacer. No era “nadie”, y que ahora eso nos parezca increíble dice mucho de la hazaña que realizaron Truffaut, Godard, Chabrol y compañía. Seguramente nunca ha habido una revolución conceptual a este nivel en toda la historia del cine.

No compro que la peor película de Hichcock sea más interesante que la mejor de Howard Hawks ni que lo peor que hiciera Lubistch merezca más la pena que la mejor obra de William Wyller (quien decía que su estilo era no tener estilo). Ni muchísimo menos. Los directores currito tienen una ventaja sobre las firmitas y es que sirven para todo. Un ejemplo perfecto: Ang Lee y Quentin Tarantino. Ambos son maravillosos y tienen un dominio del lenguaje cinematográfico absoluto. ¿Qué los diferencia? Que el taiwanés te puede hacer cualquier película y el norteamericano sólo una. Nos podemos imaginar perfectamente un Érase una vez en Hollywood dirigida por Lee no se parecería en nada a la de Tarantino, cierto, pero es que en eso consiste ser director de cine. Si todas las películas se tuvieran que hacer igual, las películas las haría un algoritmo. Bueno, tiempo al tiempo que seguro que lo terminamos viendo. Podría haber hecho un Los odiosos ocho de otra manera, pero igual de bien. Ahora… ¿Alguien se imagina a Tarantino encargándose de La vida de Pi? ¿De Brokeback mountain? ¿De Comer, comer, amar? Hiciera lo que hiciera sería un gran NO.

No exagero. Álex de la Iglesia ha pinchado cada vez que ha hecho una película por encargo (La chispa de la vida, Los crímenes de Oxford) porque no sabe hacerlo. Solo sabe ser Álex de la Iglesia y en eso nadie lo supera. Este tipo de director tiene una personalidad fortísima que le impide ver el arte de una manera diferente a la que tienen. No es ni mejor ni peor. Esa es la cuestión: Señores de Cahiers du Cinema… ¡No son mejores, ni más interesantes ni merecen más! Vivimos en una sociedad tan sumamente individualista y pegada de sí misma que pensamos que ser diferente es mejor.

No, ser diferente es, simplemente no ser igual que el resto. Pero tampoco Tamara era igual que las demás cantantes… ¡Lidia con eso, Cahiers du cinema!

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